¿Un millón de amigos?
Hay mogollón de redes sociales en Internet, cada una la preferida de un país, la preferida de profesionistas, para menores de edad, para mayores, para viajeros, para músicos, para fotógrafos, para preguntones, para adeptos al clima, para video fanáticos… Vamos que no sólo puedes ser amigo de tus amigos, sino compartir gustos e información dependiendo de tus gustos y aficiones.
No suena mal, excepto cuando comienzas a agregar al amigo del amigo, el conocido, el primo, el hermano… ¿Un concurso de popularidad o la excusa de tener más “vecinos” en algún juego de granjeros, restauranteros o mafiosos?
El problema no es conocer gente, sino qué hacer cuando la lista sobre pasa la lista de números en el móvil, o los contactos de correo. ¿A cuántos conoces, a quién agregas?
Yo eliminé, y sigo haciéndolo a muchos de mis redes sociales. ¿Antosocial? Es probable que sí, pero como cada cual, utilizo mis redes sociales para mantenerme en contacto primordialmente con quienes están lejos, o para compartir curiosidades que encuentro durante mi navegar por la red. Cuando mi lista de amigos sobrepasaba los 600 me pregunté si realmente conocía a tanta gente. Vale sí “conocer” seguro que sí, pero que recuerde y que me interese lo que hacen y que quiera que sepan todo lo que hago… Es otra historia.
Un día mi madre decidió integrarse a las redes sociales. Con sus dos hijos a miles de kilómetros de distancia, parecía una buena idea. Como no es una experta, ni cerca, en nada que tenga que ver con ordenadores (y ya no digamos Internet), la guié paso a paso para abrir su cuenta, agregar contactos, compartir, leer y todo aquello. Sin querer, cuando volví a revisar mi lista de contactos ya tenía a mis tíos, primos y abuela… ¿Y ahora?
De entrada no me importó, si al final el uso que le daba a las redes sociales era para compartir detalles de mi vida lejos. Sí, claro. Pero, ¿y el tono de mis mensajes era el mismo? Definitivamente no. Comencé a pensar más en las palabras que utilizaba, los enlaces que compartía, y los vídeos que subía. No que tenga nada que esconder, pero con las formas podía asustar a más de uno con la moral un tanto menos flexible.
¿Todavía quiero tener un millón de amigos?
Yo definitivamente no. O eso creo, porque así, sin darme cuenta, en un par de meses cuando preste atención a mis contactos, quizá me de cuenta que agregué sin prestar mucha atención a varios que ni me van, ni me vienen.
¿A quién agregar? ¿A quién eliminar? ¿Cómo decidir, sin ser “ciber-grosero” , qué solicitud aceptar y a quién enviar una?
¿Es recomendable añadir a familiares, amigos y profesores (por ejemplo) en un mismo sitio?
Yo de momento mantengo que sí, porque así lo tengo, pero definitivamente no se habla igual en casa, que en el curro, que en el bar, y yo intento unificar tonos… Quizá dejando un poco de lado la espontaneidad de cada espacio… Quizá.
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Saludos.
Maribel – Equipo Respuestas España




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